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CuentO
El vendedor de gorras
Había una vez un vendedor de gorras. Vendía gorras verdes, marrones, azules y rojas. ¡Y las llevaba sobre la cabeza! Primero se ponía su propia gorra rayada; encima de ésta, apilaba las cinco gorras verdes; después, las cinco marrones; más arriba, las cinco azules y arriba de todo, las cinco gorras rojas.
Un día, el vendedor se sintió cansado y triste porque no había vendido ni siquiera una gorra: ni una verde, ni una marrón, ni una azul, ni una roja.
Entonces, abandonó el pueblo en donde nadie necesitaba sus gorras y caminó y caminó hasta que llegó al campo.
Allí encontró un gran árbol y se sentó a la sombra. Se sacó las gorras y las contó. Las tenía todas: la suya, rayada; las verdes, las marrones, las azules y las rojas. Pero como no había vendido ninguna, no tenía dinero para comprar comida.
“Paciencia”, pensó, mientras volvía a ponérselas. “Venderé alguna esta tarde”, y se quedó dormido.
Se despertó sintiéndose mucho mejor y enseguida levantó un brazo para tocar la pila de gorras. ¡Pero sólo le quedaba una! ¡Sólo su gorra rayada!
Se levantó de un salto y empezó a buscarlas. Pero no aparecía ni una gorra verde, ni una marrón, ni una azul, ni una roja...
Miró entonces hacia la copa del árbol... ¡y allí estaban todas sus gorras! ¡Cada una puesta en la cabeza de un mono!
—¡Monos ladrones! —gritó el vendedor—. ¡Devuélvanme mis gorras!
Los monos no le contestaron nada.
—¡Eh! ¿Me oyen? ¡Devuélvanme mis gorras! —gritó el vendedor, amenazándolos con el puño.
Los monos le mostraron entonces sus puños, pero no le devolvieron las gorras.
Enojado, el vendedor pegó una patada en el suelo y exclamó:
—¡No me hagan burla, monos feos!
Todos los monos pegaron una patada sobre las ramas y le dieron la espalda.
Desesperado, el vendedor se quitó entonces su gorra rayada y la arrojó sobre el suelo mientras les decía:
—¡Aquí tienen otra más, ladrones!
Ya se marchaba cuando vio que los monitos se sacaban las gorras y las tiraban al suelo, tal como él había hecho. En un segundo, todas sus gorras estaban sobre el pasto.
Entonces el vendedor se apuró a recogerlas y a colocarlas otra vez sobre su cabeza: primero, se puso la gorra rayada; encima de ésta, las verdes; después, las marrones; más arriba, las azules y, arriba de todo, las rojas.
Y silbando contento se puso en marcha rumbo a otro pueblo, para venderlas y poder comprar su comida.
Web: Dirección General de Cultura y Educación – Buenos Aires. Editorial Eudeba
http://servicios.abc.gov.ar/comunidadycultura/mibibliotecapersonal/libros.html
Educando a los más chicos: cuadernos para familias - 1a ed. - Buenos Aires: Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación, 2006.
http://www.bnm.me.gov.ar/giga1/documentos/EL000818.pdf
EL REY QUE NO QUERÍA BAÑARSE
CUENTOS DE
CIENCIA FICCIÓN
Los cuentos de ciencia ficción cortos para
niños y jóvenes están basados en futuros distópicos con avances tecnológicos
increíbles y seres de lejanos planetas rarísimos. Este género de la literatura
fantástica es ideal para desarrollar la imaginación en los niños.
CUENTOS DE CIENCIA FICCIÓN
EL SECRETO DE SAÚL
ERNESTUS, EL ROBOT FILOSÓFICO
EL ASTEROIDE 2024
EL GRAN VIAJE DE ROCK
Este
tipo de historias futuristas tiene una
serie de características que lo definen como todo un género dentro
de la literatura, el cine o las series, para que puedas profundizar más en el
conocimiento de los relatos de robots, extraterrestres y cachivaches de
tecnología alienígena.
El asteroide 2024
Era el 2175. Muchas
cosas habían cambiado en la Tierra. El esquí lunar era la nueva moda, y una
multitud de pequeños planetas desconocidos hasta entonces habían sido
descubiertos y habitados.
Pero a pesar de este progreso, algunas cosas no habían cambiado. Los niños que
se portaban mal eran castigados y obligados a hacer grandes cantidades de
deberes aburridos, siempre bajo la estricta vigilancia de sus padres y
profesores.
Un día
el sabio, Gramaticus
Cartapus, reflexionaba sobre cosas de sabio… Tampoco tenía
mucho más que hacer, ya que era el
único habitante del asteroide 2024.
«¿Cómo puedo hacer que
haya niños aquí?»
Se
preguntaba Cartapus en voz baja, cada vez que se asomaba a la ventana y veía su
solitario planeta… Entonces se quedaba imaginando cómo sería escuchar el
resonar de risas y juegos de niños de todas las edades, corriendo y
divirtiéndose por los jardines del asteroide en el que vivía.
Para
que el Asteroide 2024 fuera un lugar que llamase la atención a los niños, Cartapus debía saber lo que más les
gustaba. El sabio instaló en su laboratorio una «pantalla
de control» que analizaba los sueños de los niños de la Tierra. Y esos sueños
eran claros: televisión, helados, pizzas, videojuegos, sin castigos, sin
deberes, sin pescado hervido, sólo jugar y divertirse.
Estaba
decidido a eliminar los castigos, los fastidiosos deberes, las coles, las
espinacas y las lechugas, y también las frases «Porque te lo digo yo» y «Estás
castigado».
Para
que Cartapus pudiera tener las risas y bromas infantiles merodeando por su
asteroide, tenía que convencer a los niños de que era un lugar mucho más
divertido que la Tierra, pero también, debía encargarse de que hubiera padres y
madres para cuidar a esos niños… ¡Qué petardez tener que hacerse cargo él de
todo!
Después
de muchos años de duro trabajo, Grammaticus Cartapus finalmente salió de su
laboratorio con una sonrisa
en la cara. Había creado una nueva raza de madres y padres
electrónicos. Así atraería a todos los niños terrícolas a su planeta y los
robots se encargarían de ellos.
Las
madres robot eran muy similares a las humanas, pero mucho menos serias y
estrictas. No regañaban, no te tiraban de las orejas, no tenían que obligarte a
hacer los deberes, no gritaban, no castigaban, no privaban del postre, no
prohibían la televisión ni los videojuegos, dejaban comer helados y chocolate,
incluso antes de las comidas, y no revisaban si te habías bañado o lavado las
manos. Siempre sonreían, daban besos electrónicos y repetían con voz sintética:
– ¡Muy
bien! – ¡Qué bien! – ¡Fantástico!… El sabio Gramaticus se frotaba las manos
alegremente al ver a sus madres y padres robots y pensar cómo gustarían a los
niños.
Pocos
días después, en todas las pantallas de la Tierra se pudo ver este anuncio:
«Asteroide 2024 el lugar donde no te regañan
¿Quieres comer chuches antes de cenar? ¿Jugar descalzo? ¿Estás
harto de hacer deberes?
Deja de vivir como en el año 2019 y marca el código
d549d7/*-*-*+878 Grammaticus Cartapus te invita a su asteroide»
Un
día, Enricus
Hartus, un niño de siete años, muy desobediente, estaba
harto, HARTO de sus padres, HARTO de los deberes escolares, HARTO del pescado
cocido, HARTO de lavarse los dientes… Así que cuando vio el anuncio, no lo dudó
y marcó el código secreto e inmediatamente el sabio Cartapus apareció en su
habitación.
– ¡Ven
conmigo al asteroide! – dijo Carpatus. – No hay pescado, ni judías, no hay que
acostarse a las ocho, puedes comer patatas fritas todo el día y no hay que
hacer deberes. ¡No te arrepentirás!
Enricus-Brutus
quedó convencido al oír esas palabras. Después de treinta segundos de viaje (tiempo
medio de un viaje interplanetario en 2175), unos padres robóticos estaban esperándoles
para recibirles con una sonrisa.
–
<<Hola, bienvenido ¿quieres merendar?>>
Le
habían preparado la mejor merienda que había visto: galletas rellenas de
chocolate, pastel de chocolate y una buena leche caliente con siete cucharadas
de azúcar. Enricus estaba muy contento. Más aún cuando su nueva madre encendió
tres televisores al mismo tiempo, dos consolas de videojuegos y una gran torre
de ordenador. Finalmente, su padre le dio una enorme botella de refresco
con millones de
burbujas.
Enricus
se tiró al sofá con sus sucias zapatillas de deporte, sin dar las gracias, y
soltó un estruendoso eructo. Mientras tanto, los padres habían ido a la cocina
a prepararle la cena: mousse de chocolate con helado de cinco sabores.
La vida
en el asteroide 2024 para Enricus estaba llena de agradables sorpresas
todos los días. Por supuesto, continuó asistiendo al colegio del asteroide,
pero allí solo había que jugar, saltar, reír y comer dulces. Enricus no tenía prisa por volver a la
Tierra.
Todos
los días, cuando volvía del colegio, la madre-robot le besaba, siempre los
mismos besos (uno en la frente, dos en las mejillas), encendía los tres
televisores, las dos consolas de juego, el ordenador, y se dirigía directamente
a la cocina para preparar el mousse de chocolate y las pizzas mientras el padre
le abría una botella de refresco burbujeante y aliñaba con chuches los
aperitivos. Por más que Enricus se portara mal, fuera maleducado o pusiera los
pies sucios encima del sillón, no había el más mínimo reproche por parte de sus
padres cibernéticos.
Lo
mismo pasaba con los profesores robots… Con el tiempo, los niños habían
olvidado sumar, restar y leer… Pero aún así, ellos estaban contentos con su
alumnado y les premiaban con chocolatinas y otros dulces.
Enricus
decidió dejar de ir al colegio. Un día entró en casa escoltado por un
policía-robot (había robado treinta y tres discos de una tienda y cuarenta
kilos de caramelos). Enricus pensó que sus padres iban a castigarlo. Pero nada
de eso ocurrió, todo lo contrario.
–
<<Hola, bienvenido ¿quieres merendar?>>
Y otro
día, cuando Enricus Hartus regresó más tarde de las nueve a casa, sin un zapato
y lleno de mugre… Su padre le recompensó con una doble ración de patatas
fritas.
Los
niños, que se dieron cuenta de que todo era exactamente igual, dejaron de ir a
la escuela y de hacer cualquier cosa. Cuando la habitación estaba desordenada,
lo que siempre ocurría con frecuencia, solo tenían que seguir las instrucciones
de Cartapus: apretar el botón para iniciar el programa de «limpieza».
–
<<Gracias, mi amor>> decían sus padres. – <<Por favor, ve a
ver la tele mientras ordenamos tu habitación.>>
Una
vez, Enricus llegó a casa a medianoche porque se quedó en casa de un amigo
jugando a juegos de ordenador.
–
<<¿Ya estás ahí, mi amor? >> dijo mamá robot al
verlo entrar… –
<<Estoy muy contento contigo. ¿Todavía quieres ver la tele o te vas a la
cama?>> añadió su padre robot.
Enricus
frunció el ceño: ¿así que ni siquiera estaban preocupados por mi? Su verdaderos
padres habrían tenido una gran discusión con él y le habrían obligado a
prometer que no lo volvería a hacer. Se recostó pensativo en la cama, sintiendo
una ligera molestia en el pecho.
Pronto
las cosas se tornaron peor… Enricus tuvo indigestión por las patatas fritas, el
helado, el chicle y la pizza. En un día en que tenía un gran dolor de estómago,
se fue a ver a Cartapus.
– Ya he tenido suficiente», dijo Enricus. – Me siento mal, ya no puedo tragarme
ni media cucharada de helado.
El
sabio Gramaticus se rascó la cabeza: no había pensado en los casos de
indigestión…
Esa
misma noche, Enricus vio a sus padres robots dirigirse a la cocina y tomar los
ingredientes uno tras otro. Galletas, harina, trigo, chorizo, queso, yogures,
pimienta, sal, bandejas de azúcar, líquido del fregadero, servilletas…. Todo a
un rítmo frenético mientras repetían:
–
<<Hagamos una gran pizza!>>
Luego
corrieron hacia Enricus… ¡para ponerlo en la pizza también!
Enricus
huyó a la casa de su amigo Marius, donde la madre-robot lo recibió:
–
<<¿Te escapaste de casa? Estoy muy contenta. Ve a ver la tele y te traeré
pizza.>>
En su
laboratorio, Gramaticus Cartapus se tiraba de los pelos muy nervioso: ¿por qué
las cosas iban tan mal? ¿Por qué los niños no se sentían felices? ¿Por qué
estaban enfermos? La comida no les hacía bien a los pequeños terrícolas. Se
habían vuelto muy gordos, pálidos, sin músculos, y todos sus dientes se estaban
poniendo negros. Comprobó su «pantalla de control»: los sueños de los niños
habían cambiado. Ahora querían judías verdes, carne, pescado hervido, calcio y
proteínas. Querían acostarse temprano y cepillarse los dientes después de
comer.
Cartapus
hizo sonar la sirena especial para reunir a todas las madres y padres robots en
su taller… ¡Había que reajustar estas máquinas urgentemente!
Poco a
poco, todos los niños que habitaban el Asteroide 2024 comenzaron con dolores de
barriga… Luego vinieron los lloros y los «quiero irme a casa»… Cartapus, un
sabio interestelar… No alcanzaba a comprender qué pasaba. Con las prisas,
olvidó terminar de reprogramar los robots, así que los mandó a medio ajustar a
sus casas para que cuidaran de los niños…
Pero la
cosa fue a peor. Los robots, cocinaban la ropa, cortaban las pantallas, hacían
batido de tierra y colocaban la cama en la bañera… ¡Todo un desastre!
Cartapus abrió su nave espacial tamaño familiar y
fue recogiendo uno a uno a todos los niños que habitaban el asteroide.
El
planeta terminó explotando: ¡una gran llamarada! Justo unos minutos después de
que la nave de Carpatus con todos los niños dentro pusiera rumbo a la Tierra.
Al
pisar suelo terrícola, los niños saltaron a los brazos de sus verdaderas madres
y padres, saboreando las caricias que en nada se parecían a las frías manos
robóticas, sus besos, que no eran necesariamente uno en la frente y dos en las mejillas,
sino también en el pelo o la nariz. Entonces se escuchó:
–
¡Mamá, me regañas cuando no hago los deberes por favor!
– ¡Tráeme algo de pescado! ¡Y ensalada!
– ¡Dame el cepillo de dientes!
– ¡Quiero acostarme temprano!
Todos
los niños del asteroide 2024 pidieron reglas y felicitaciones sinceras, algunos
dulces pero no demasiados. Ya no era posible pasar los días comiendo chocolate
y pizzas, jugando a juegos de ordenador sin hacer nada más. Porque el chocolate
sabe aún mejor si se come después de la sopa y el pescado. Así es como los
papás y mamás robot desaparecieron para siempre y las verdaderas mamás y papás
volvieron a cuidar de sus hijos
¿Qué le
pasó a Cartapus? Bueno, también vino a la Tierra… y decidió no volver a tratar
de reemplazar a los padres por tontos robots.
FIN
Cuento de Navidad
[Cuento -
Texto completo.]
Ray Bradbury
El día
siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves
espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el
niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera
lo más agradable posible. Cuando en la aduana los obligaron a dejar el regalo
porque excedía el peso máximo por pocas onzas, al igual que el arbolito con sus
hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para
celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando estos
llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.
-¿Qué
haremos?
-Nada, ¿qué
podemos hacer?
-¡Al niño le
hacía tanta ilusión el árbol!
La sirena
aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre
fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.
-Ya se me
ocurrirá algo -dijo el padre.
-¿Qué…?
-preguntó el niño.
El cohete
despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y
dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar
donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros
durmieron durante el resto del primer “día”. Cerca de medianoche, hora
terráquea según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:
-Quiero
mirar por el ojo de buey.
-Todavía no
-dijo el padre-. Más tarde.
-Quiero ver
dónde estamos y a dónde vamos.
-Espera un
poco -dijo el padre.
El padre
había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta
de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había tenido
que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba
resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.
-Hijo mío
-dijo-, dentro de medía hora será Navidad.
-Oh -dijo la
madre, consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría. El
rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.
-Sí, ya lo
sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometieron.
-Sí, sí.
todo eso y mucho más -dijo el padre.
-Pero…
-empezó a decir la madre.
-Sí -dijo el
padre-. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto.
Los dejó
solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.
-Ya es casi
la hora.
-¿Me prestas
tu reloj? -preguntó el niño.
El padre le
prestó su reloj. El niño lo sostuvo entre los dedos mientras el resto de la
hora se extinguía en el fuego, el silencio y el imperceptible movimiento del
cohete.
-¡Navidad!
¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?
-Ven, vamos
a verlo -dijo el padre, y tomó al niño de la mano.
Salieron de
la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.
-No entiendo.
-Ya lo
entenderás -dijo el padre-. Hemos llegado.
Se
detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó
tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz
desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.
-Entra,
hijo.
-Está
oscuro.
-No tengas
miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.
Entraron en
el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante
ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y
medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. El niño se
quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el
espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se
pusieron a cantar.
-Feliz Navidad,
hijo -dijo el padre.
Resonaron
los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la
nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato,
simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor
de cien mil millones de maravillosas velas blancas.
LOS TRES COSMONAUTAS
Había una vez una Tierra. Y al mismo tiempo, un planeta llamado Marte. Estaban muy lejos el uno del otro, en medio del cielo, y a su alrededor había millones de planetas y galaxias.
La gente de la Tierra quería ir a Marte y a los otros planetas: ¡pero estaban
tan lejos!
Sin
embargo, no cesaron en su empeño. Primero lanzaron satélites que dieron la
vuelta a la Tierra durante dos años y luego volvieron. Luego lanzaron cohetes
que dieron la vuelta a la Tierra unas cuantas veces, pero en lugar de regresar,
terminaron escapando de la atracción de la gravedad y se dirigieron al espacio.
Después de varios años merodeando por el espacio, volvían a la Tierra… Pero
había un problema.
Al mando de estos
cohetes iban perros
Pero
los perros no podían hablar, y en la radio de la estación espacial solo se
podía oír «guau
guau» así que nadie entendía lo que habían visto y lo
lejos que habían llegado.
Por fin encontraron hombres valientes que querían ser cosmonautas. Los
cosmonautas tenían este nombre porque iban a explorar el cosmos, que es el
espacio infinito con los planetas, las galaxias y todo lo que les rodea.
Los
cosmonautas se fueron y no sabían si volverían o no. Querían conquistar las
estrellas para que un día todos pudieran viajar de un planeta a otro, porque la
Tierra se había vuelto demasiado estrecha y la población mundial crecían cada
día.
En una hermosa mañana, tres cohetes de tres puntos diferentes
dejaron la Tierra.
El
primero fue un americano, que silbó alegremente una pegadiza canción country mientras se
alejaba.
En el segundo había un ruso que cantaba con voz grave una comparsa tradicional.
En el tercero, un chino, que cantó una hermosa canción ancestral.
Cada uno quería ser el primero en llegar a Marte, para demostrar
que era el más valiente.
Como
los tres eran valientes, llegaron a Marte casi al mismo tiempo. Bajaron de sus
naves con casco y traje espacial… Y descubrieron un paisaje maravilloso y
perturbador: el terreno estaba surcado por largos canales llenos de agua verde
esmeralda. Había extraños árboles azules con pájaros nunca antes vistos, con
plumas de colores muy extraños. Allí en el horizonte había montañas rojas que
emitían extraños destellos.
Los
cosmonautas miraban el paisaje, se miraban unos a otros, y se mantenían separados,
cada uno desconfiando de los demás. Entonces llegó la noche.
Había un extraño silencio alrededor, y la tierra brillaba en el cielo como si
fuera una estrella lejana. Los cosmonautas se sintieron tristes y perdidos en
la oscuridad.
Pero inmediatamente entendieron que estaban sintiendo lo mismo. Sonreían por
primera vez desde que habían pisado el extraño planeta.
Al rato
encendían juntos un hermoso fuego y cada uno cantaba canciones de su país.
Finalmente, llegó la mañana
Y hacía
mucho frío…
De
repente, un marciano salió de entre un grupo de árboles. ¡Su aspecto era
terrible! Era de un color verde viscoso, hacía daño a los ojos de lo que
brillaba, tenía dos antenas en el lugar de las orejas, un tronco y seis brazos.
Los miró y dijo: ¡Grrr!
En su
lengua quería decir:
«Hola seres extraños ¿os
habéis perdido?»
Pero
los terrícolas no le entendieron y pensaron que era un rugido de guerra. Era
tan diferente de ellos que no podían entenderlo. Los tres sintieron
inmediatamente miedo por si les atacaba…
Ante
ese monstruo, sus pequeñas diferencias desaparecieron. ¿Qué importaba si
hablaban otro idioma? Comprendieron que eran los tres seres humanos. El otro
no. Era demasiado diferente, y los terrícolas pensaban que aquello que no entienden
era malo. Por eso decidieron reducirlo a polvo atómico con sus
rayos espaciales…
Cuando
los tres cosmonautas se habían armado de valor y estaban apuntando al
monstruoso alien… Algo extraño sucedió.
De
entra las sombras, apareció un hermoso pájaro de muchos y brillantes colores, volaba
con dificultad porque parecía tener algo viscoso enredado entre sus alas. Se
movía haciendo gestos de dolor y su cara reflejaba el agotamiento de tratar de
luchar contra aquella situación. Cuando revoloteaba sobre las cabezas de los
cosmonautas, el pájaro cayó agotado contra el suelo, haciendo un estrepitoso
ruido. Justo quedo entre medias del marciano y los cosmonautas.
Rápidamente,
el alienígena se movió con pasos torpes hacia el animal, los tres cosmonautas,
asustados, agarraron fuerte sus rayos láser, pensando que el alien iba a
devorar aquel pobre pajarillo.
Para
cuando se dieron cuenta, el alienígena estaba emitiendo unos extraños ruidos
gruturales, que con tan solo observar detenidamente, los tres cosmonautas
entendieron que se
trataba de un llanto.
Y los
terrícolas de repente se dieron cuenta de que el marciano lloraba a su
manera, igual que
los humanos.
Luego
lo vieron inclinarse hacia el pájaro y sostenerlo en sus seis brazos, tratando
de calentarlo.
Y así
los cosmonautas entendieron una valiosa lección:
«Pensamos que este monstruo era diferente de nosotros, y después
de todo también ama, sufre o ríe»
Por eso
se acercaron al marciano y le extendieron las manos. Y él, que tenía seis, les
dio la mano a los tres a la vez, mientras que con sus manos libres hizo gestos
de saludo. FIN
EL GRAN VIAJE DE ROK
Un
pequeño cuento cósmico para niños terrícolas
El
extraterrestre Rok estaba harto de vivir en Súlex, un planeta árido y
silencioso perdido en el universo. Cada día era igual que el anterior y ya no
lo soportaba más.
- Entre que
somos pocos y no hay nada interesante que hacer, me aburro más que una
piedra pómez.
Acababa
de cumplir trescientos años y, dado que su esperanza de vida era milenaria,
todavía se veía a sí mismo como un tipo joven con muchas ganas de disfrutar y
cumplir algunos deseos pendientes.
- Creo que
salir de la rutina y conocer sitios nuevos me vendrá muy bien. ¡Ha llegado
el momento de concederme un capricho y lanzarme a la aventura!
¡Dicho
y hecho! Para celebrar cifra tan redonda decidió tirar la casa por la ventana y
regalarse un viaje espacial. Si algo le apetecía con locura era ver mundo, o
mejor dicho, otros mundos.
En el
planeta Súlex no había estaciones del año ni nada parecido, pero sus habitantes
sabían que cuando la luz del amanecer era anaranjada se daban las
condiciones perfectas para volar por el espacio. Por esa razón, Rok
aguardó la llegada de una mañana color salmón para cargar a tope la
batería de su nave último modelo y salir a investigar fuera de los límites
conocidos.
- Al fin
voy a realizar el viaje sideral que tantas veces he soñado. ¡Qué emoción!
Los
extraterrestres no necesitan traje de astronauta para volar y mucho menos un
casco que aplaste sus delicadas antenitas verdes, así que Rok solo tuvo que
ponerse unas gafas especiales para poder ver con claridad y pilotar seguro
entre tanto polvo cósmico.
- Ya estoy
listo para partir. ¡Adiós, planeta Súlex!
Entró
en su moderno platillo volante, cerró la escotilla, se sentó frente a la
complicada pantalla de mandos, y apretó un botón cuadrado que le puso en órbita
en un santiamén.
- Tres…
Dos… Uno… ¡Despegue!
¡Rok
estaba entusiasmado! Recorrer la galaxia a velocidad supersónica no era cosa
que uno pudiera hacer todos los días; pero además, tenía otra gran motivación:
quería ser el primero de su especie en alcanzar el sistema solar.
Tras
muchas horas surcando el espacio, negro como la boca de un lobo, lo consiguió.
- ¡Bravo,
bravo! El camino ha sido largo, pero no hay nada imposible cuando uno pone
ilusión en el objetivo. En fin, veamos qué hay por estos lugares tan
alejados de mi civilización.
Rok fue
pasando por delante de los planetas más importantes y vio que no llegaban a la
decena. Tras un rato observándolos detenidamente, tuvo que admitir
que se sentía decepcionado, pues excepto uno que tenía un enorme
anillo alrededor, todos le parecieron más o menos iguales.
- ¡Vaya, no
es lo que yo me esperaba! Veo un planeta rojo lleno de dunas, otro
cubierto de cráteres, aquel pequeño donde debe hacer un frío terrible…
¡Aunque parezca mentira, ninguno es mejor que el mío!
Allí,
en medio de la oscuridad solo salpicada por el fulgor de alguna estrellita
lejana, empezó a plantearse dar media vuelta.
- Nada por
aquí, nada por allá… Si lo llego a saber no me muevo de casa. ¡Ni siquiera
veo una estación de hidrógeno líquido donde repostar!
Rok se
dio cuenta de que su andanza interestelar estaba a punto de finalizar.
- De nada
sirve engañarse, esto es lo que hay. Regresaré a casa antes de quedarme
sin combustible.
Iba a
girar los mandos cuando de repente, al fondo a la derecha, divisó una enorme
esfera que destacaba entre las demás.
- Pero…
¡¿qué es eso?!
Para
asegurarse de que no se trataba de un efecto óptico, achinó sus grandes ojos
saltones.
- Yo diría
que se trata de un planeta, pero un planeta muy raro porque tiene más
colores que el resto de sus vecinos.
Estaba
tan intrigado que pisó a tope el acelerador y se aproximó para verlo mejor.
Como la mitad estaba a oscuras se situó frente a la zona iluminada por el
sol, a una distancia adecuada para poder hacer una buena valoración.
- ¡Vaya,
qué interesante! Distingo zonas montañosas casi desérticas, pero también
grandes áreas verdes cubriendo la superficie. Y esas extensiones azules…
¿serán océanos?
Rok
estaba absolutamente fascinado.
- Aunque es
arriesgado, si no bajo a explorar me arrepentiré toda la vida.
Eligió
un punto al azar e inició la maniobra de descenso. En cuanto aterrizó apagó el
motor, se quitó las gafas, abrió la escotilla, y antes de salir asomó la cabeza
para comprobar si la zona era peligrosa.
- Mis
antenas no detectan ni señales extrañas ni la presencia de posibles
enemigos. ¡Vamos allá!
Rok
abandonó la nave de un salto y se quedó maravillado al comprobar que, bajo un
cielo azul salpicado de nubes como jirones de algodón, se extendía una
maravillosa y exótica playa tropical. Acababa de llegar al planeta Tierra.
- ¡Ay
madre!… ¡Esto sí es un verdadero paraíso!
Durante
unos minutos no pudo ni moverse, sobrecogido como estaba por tanta belleza.
Cuando pudo reaccionar, dejó atrás la nave y comenzó a dar pasitos cortos en
dirección al mar. ¡No te puedes imaginar el placer que le produjo caminar sobre
la arena blanca templada por el sol y respirar aire fresco con aroma a sal!
- ¡Qué
gozada! Es el lugar más hermoso que he visto en tres siglos de vida.
Estaba
feliz y emocionado cuando, súbitamente, empezó a encontrarse fatal.
- ¡Uy,
vaya, creo que me voy a desmayar! Imagino que es porque hace muchísimas
horas que no como nada.
A
diferencia de la Tierra, donde reina la naturaleza, en Súlex no existen los
seres vivos, ni los animales ni las plantas, y por eso sus únicos habitantes,
los extraterrestres, se alimentan a base de productos sintéticos que ellos
mismos fabrican con restos de basura espacial. Para el hambriento Rok era
urgente encontrar alguna pieza industrial que llevarse a la boca.
- Algo
tiene que haber que sirva para activar mis circuitos… ¡Con un par de
tornillos o una trozo de papel de aluminio me conformo!
Se
adentró en la zona de bosque y vio matorrales plagados de moras, arándanos y
frambuesas, pero claro, eso no era comida para él. Tampoco pescar entraba
dentro de sus opciones pues, al contrario que para los humanos, los peces
podrían resultar dañinos para su organismo.
- Necesito
reponer fuerzas o mi sistema eléctrico interno se desconectará para
siempre.
Volvió
a la playa casi arrastrándose, y al pobre le entraron muchas ganas de llorar.
- Debí
traerme un saco de residuos para resistir al menos una semana. ¿Cómo he
podido ser tan insensato? Si no encuentro algo antes de que anochezca,
empezaré a echar humo por las orejas y me apagaré sin remedio.
De
repente, una ola rompió contra la orilla y lanzó una vieja botella de plástico
a sus pies.
- ¡¿Qué ven
mis ojos?! Pero si es comida… ¡y de la buena!
Cogió
el recipiente antes de que el mar lo devolviese a las profundidades y
empezó a salivar.
- ¡Qué
suerte la mía! ¡Menudo manjar!
Rok
echó la cabeza hacia atrás, metió la botella en la boca, la trituró con sus
potentes mandíbulas alienígenas, y la engulló.
- ¡Oh, sí,
estaba deliciosa!
El extraterrestre
notó cómo se reactivaba la corriente en el interior de sus cables conectores.
- Gracias a
este aperitivo me siento un poco mejor. Voy a ver si hay más.
Rok se
adentró en el mar y vio que el fondo estaba plagado de botellas de detergente
vacías, latas oxidadas, trozos de cristales, y muchos otros artículos
contaminantes que seres humanos sin escrúpulos habían tirado al agua.
Esos desperdicios, llegados de lugares supuestamente civilizados a través
de las corrientes marinas, eran para Rok auténticos alimentos
‘gourmet’.
- Estos
plásticos, neumáticos y objetos de latón son dignos de un banquete de
lujo. Decidido: ¡me quedo en este planeta para siempre!
Desde
ese lejano día, el pequeño y curioso extraterrestre Rok habita entre nosotros,
y aunque él no lo sabe porque nadie se lo ha contado, cada vez que come está
haciendo un gran favor al medio ambiente. De hecho, hay quien sospecha que,
gracias a esa ‘labor de mantenimiento’, el rinconcito en el que vive es
uno de los más limpios y hermosos que existen en nuestro querido planeta
Tierra.
¡Ah!
¿que quieres saber cuál es? Siento decirte que no lo sé, pero te sugiero que si
alguna vez tienes la oportunidad de visitar una playa solitaria, de esas
que parecen de película, te fijes bien en sus aguas cuando vayas a
bañarte. Si son cristalinas y casi no tienen desperdicios, mira a tu alrededor
por si ves algún alienígena verde durmiendo la siesta bajo el sol.
Ernestus, el robot filosófico
Esta
historia viene de un país lejano, más allá e la Galaxia Centuria Laudi 489, pasando
por el cinturón de Orión, incluso más lejos del mar de asteroides de plata, en
la inmensa oscuridad de la garganta del cráter Mobidub74, había una
civilización ancestral que habitaba esas tierras desde los orígenes del
universo. Su era nombre Modernia.
Allí
había muy buenos artesanos, expertos en la fabricación de magníficas baterías llenas
de energía.Todo transcurría sin problemas en Modernia, todos los días los
artesanos se levantaban, construían nuevas baterías y todas las noches las
colocaban con orgullo en sus tiendas.
Un día,
sin embargo, surgió un problema: los habitantes tenían tantas baterías que ni
siquiera sabían dónde ponerlas… ¡los almacenes estaban llenos y, lo que es más
triste, no había nadie con quien compartir toda esa energía!
Pensaron y repensaron, finalmente tuvieron una gran idea: ¡construir
robots para usar esas baterías!
En poco
tiempo, robots de todo tipo y carácter comenzaron a vagar por Modernia: había
robots larguiruchos llenos de muelles, pequeños robots regordetes con muchas
luces, rebots de varias manos, otros tenían dos cabezas, algunos andaban muy
deprisa, otros volaban…
Más que nada en el mundo, a los robots les encantaban las baterías eléctricas,
sobretodo las que se fabricaban en Modernia. Les daba la fuerza para caminar,
hablar y pensar, en resumen, les dieron la energía para vivir. Para los robots,
nada era mejor que una batería nueva, porque cuanto más nueva era la batería,
más energía podían recibir. Era como la comida para los humanos.
Los
artesanos, que respetaban y querían mucho a sus amigos robots, siempre trataron de mejorar la
calidad de las baterías que fabricaban, convencidos de que
apreciaban esa atención y que de alguna manera los robots algún día se la
devolverían.
Pero,
en realidad, los robots sólo estaban allí porque necesitaban las baterías para
vivir, les daba igual dónde o cómo conseguirlas….
Las
baterías, almacenadas en los depósitos, estaban disponibles para todos los
robots que pudieran recogerlas por sí mismos. Los robots sólo necesitaban una
batería para vivir, y si se pasaban de glotones y trataban de conectarse a dos,
podían estropearse y fundirse los plomos. Por eso había un gran letrero en la
pared del almacén que decía: «¡No te pongas más de una! ¡Podrías hacerte
daño!».
Un
robot llamado «Notesacias» fue una vez al depósito debido a su incapacidad para
conformarse con las baterías que usaba. Había leído esa advertencia muchas
veces pero, desde hacía algún tiempo, había empezado a pensar que los artesanos
tenían que ser algo tacaños y que, sólo por esta razón, no permitían que los
robots llevaran más de una batería. Ese día había decidido no obedecer más la
señal: así que miró a su alrededor y cuando nadie lo vio, cogió dos baterías,
las instaló y… ¡PUM!
¡Todos los circuitos se fundieron!
Cuando
los otros robots encontraron a su compañero en ese estado, inmediatamente
comenzaron a rebelarse: «¡Los artesanos lo hicieron a propósito! ¡Le dieron una
batería en mal estado!
Sólo un robot, llamado «Ernestus», defendió a los habitantes de la ciudad:
«Ellos no son los culpables, el culpable fue el robot Notesacias que se colocó
dos baterías y ahora tendrá que ir al mecánico a que le arreglen por completo.
Pero aunque Ernestus tenía razón, la gran mayoría de robots
estaba enfadada y no era capaz de entrar en razón. Sus discos duros estaban
echando chispas.
Después
de este acontecimiento, la vida de los habitantes de la ciudad cambió
rápidamente. Los robots se volvieron antipáticos y maleducados y los artesanos
sufrían de ese comportamiento injusto. Los robots les decían: «¡Fuera de la ciudad, eres un inútil!
¡No te necesitamos!».
Sus
cerebros de tostadora no entendían que sin el trabajo de los artesanos, ninguno
de los robots habría sobrevivido todo este tiempo. No se daban cuenta de que
sus baterías eran hechas por las manos de esos hombres bajitos de barbas blanca
y esas mujeres de estrafalarios peinados.
Ernestus,
que era sin duda el
robot más inteligente y bueno de la galaxia, siempre
pensaba ayudar a los demás, sin importar si eran humanos o robots. Así que
encontró una solución para evitar que los malos humos de los robots hicieran
daño a los artesanos.
Como era un robot
filosófico, encontró las palabras perfectas para convencer a las dos partes.
Les
propuso a los artesanos irse a otro lugar, para demostrar a los robots que les
necesitaban. Para ello, llenaron todas las baterías que había en Modernia en un
almacén, y sobre ese almacén pusieron un gran faro de rayos láser. Si en algún
momento, los robots querían que los artesanos volvieran a la ciudad, solo
bastaría con encender aquella luz.
Los
artesanos entendieron perfectamente el plan de Ernestus, se montaron en sus
motos espaciales…
Y se
fueron…
Al ver
desaparecer en el infinito horizonte del Universo a los artesanos, los robots
estallaron de júbilo. Pensaron que tenían razón, ya que ellos habían ganado la
discusión, y que por pegar gritos y hacerse las víctimas de los artesanos,
estos habían sido vencidos y ahora todo Modernia era suyo, repleto de jugosas
baterías, sin reglas estúpidas de cuántas se podían un robot conectar.
Todo
parecía salir victorioso para los robots, mientras tanto, Ernestus aguardaba en lo alto de la torre de
luz, sobre el almacén de baterías.
Allí
pudo ver cómo poco a poco las despensas se iban agotando, y el almacén cada vez
estaba más vacío.
Pasaron
los años, en los que Ernestus se dedicó a reparar a los robots que quedaban
dañados por tratar de conectarse varias baterías. Mientras tanto, el resto de
la población robótica seguía disfrutando de su triunfo sobro los artesanos,
creían que todo este tiempo sin necesitarles, afianzaba más todavía, que ellos
tenían razón.
Además,
pensaban que el incidente que sufrió Notesacias era evidentemente causado por
los artesanos, porque…
¿Cómo era posible que
ningún otro robot hubiera sufrido otro percance similar?
La
respuesta, era sencilla. Ernestus se encargaba de recoger a los robots cuando
por avaricia, se fundían los circuitos al conectarse varias baterías. Después
los reparaba en lo alto de su torre de luz, les explicaba que había sucedido y
ellos entendían que estaban enormemente equivocados.
Como
Ernestus era muy sabio y paciente, les convencía para que se quedaran en la
torre con ellos, que no volvieran a salir de ella y que esperaran pacientemente
junto a él.
Así
fueron pasando los días, los meses, los años. Llegó un momento en que casi
había la misma cantidad de robots en Modernia que en la torre de Ernestus.
Y por fín, la última batería se agotó… El almacén había quedado
vacío.
Fue
entonces cuando cundió el pánico entre los habitantes robóticos de Modernia,
que comenzaron a gritar y a corres despavoridos por todo el país «¿Qué hacemos
ahora?» «No quedan baterías»
Con
ello, lo que consiguieron fue agotar la energía que les quedaba y uno a uno se
fueron apagando todos los robots de Modernia, para siempre…
¿Todos?
No,
Ernestus y sus aliados, aguardaban este día escondidos en su torre de luz.
Uno a
uno, fueron conectándose a los enchufes de la torre, para así poder cargar la
batería central del foco. Pasadas unas horas, el rayo láser atravesaba la
galaxia en busca de los Artesanos nómadas que habían estado vagando con sus
motos por todo el Universo desde entonces.
Cuando
vieron a lo lejos el destello de luz, no tuvieron que mediar palabra entre
ellos. Todos comprendieron que el
plan de Ernestus había funcionado a la perfección y
volvieron corriendo a Modernia.
Al
llegar, el panorama era desolador, cientos y cientos de robots sin batería,
tirados por la calle.
Poco a
poco, los robots que se habían quedado con Ernestus, los artesanos y el propio
Ernestus, recargaron las baterías de todos los habitantes de Modernia… Que
entonces comprendieron lo que Ernestus les quería decir hacía tiempo atrás.
Todos
entendieron que los artesanos eran inocentes, y que demás eran los que les
permitían seguir viviendo en Modernia. Los robots juraron lealtad y amistad a
los artesanos de por vida y desde entonces, reina la paz y la armonía en aquel
remoto país, que desde ese día, cambió su nombre por el de «Ernestus» en honor
al sabio robot filosófico que les cambió la vida.

FIN
El secreto de Saúl
Un cuento intrigante para niños fantasiosos
Saúl
era un niño que vivía rodeado de comodidades y privilegios. Su padre era un
experto cirujano y su madre una escritora de éxito, así que la familia residía
en una enorme casa con jardín, piscina y un garaje en el que dormían dos coches
de alta gama. A sus once años no le faltaba de nada: vestía a la última moda,
tenía un cuarto privado repleto de juegos, y en la pared de su dormitorio
colgaba una televisión tan grande que más bien parecía una pantalla de cine.
A pesar
de su gran fortuna, Saúl se pasaba el día con el ceño fruncido y mostrando una
actitud tan apática que daba la sensación de estar enfadado con el mundo.
Últimamente no soportaba madrugar y odiaba tener que ir al colegio cinco
días por semana, sobre todo porque su profesor le parecía un señor insoportable
y cada vez hablaba menos con sus compañeros de aula. ¿Para qué fingir que
sus temas de conversación le parecían interesantes?… Por si esto fuera poco, ni
una sola asignatura atraía su atención. Malgastaba el tiempo mirando a las
musarañas y abriendo la boca para soltar ruidosos bostezos cada dos por tres.
Si
hacía buen tiempo, cuando a las tres terminaba la jornada escolar, Saúl cruzaba
la calle cargado con su mochila y caminaba un corto trecho hasta llegar al
Parque de los Almendros. Era su lugar favorito para desconectar de los
problemas de matemáticas y la larga lista de capitales de países que le
obligaban a memorizar. Una vez allí, solía sentarse en un banco de madera
desde el cual podía contemplar una panorámica preciosa de la arboleda y del
lago con forma de corazón donde siempre chapoteaban unas cuantas familias de
patitos.
Sucedió
que, una de esas tardes, se acercó a su banco habitual, tomó asiento, y al
mirar al frente descubrió que a pocos metros habían colocado una estatua de
mármol blanco. Le llamó mucho la atención, pues representaba la figura de un
niño de su edad, descalzo y cubierto de harapos, que parecía mirarle fijamente.
– ¡Qué
estatua tan deprimente! Podían haber puesto la figura de un príncipe o una
diosa romana en vez de la de un andrajoso mendigo.
Según
pronunció estas palabras, escuchó una voz infantil.
– ¿De
verdad crees que solo soy un trozo de piedra al que un escultor ha dado forma?
Saúl
dio un respingo y su corazón empezó a latir a toda velocidad. Tras unos
segundos de desconcierto, se abanicó con la palma de la mano y trató de
recomponerse. ¡El calor de esos primeros días de verano le estaba haciendo
delirar!
– ¡Qué
susto! Por un momento pensé que la estatua me estaba hablando. ¡Será mejor que
me vaya!
Se
estaba poniendo en pie cuando volvió a escuchar la misma voz.
– Sí,
te hablaba a ti. ¡Aguarda, por favor!
Saúl
miró de izquierda a derecha por si algún paseante había oído lo
mismo que él, pero sorprendentemente nadie parecía percatarse de nada.
Atemorizado, anduvo unos pasos y se situó junto a la escultura anclada al
pequeño pedestal. A simple vista calculó que el chico de piedra tenía su
misma edad y estatura, pero cuando lo miró con más detenimiento se estremeció
porque se parecía muchísimo a él: la misma forma ovalada del rostro, los ojos
rasgados, la nariz respingona heredada de su abuelo… ¡Era una réplica casi
perfecta de sí mismo!
–
¡¿Pero qué está pasando aquí?!
Se le
ocurrió que quizá todo era parte de un programa de televisión de esos que
gastan bromas pesadas a la gente que va tan tranquila por la calle, así que se
fijó en los árboles cercanos por si entre las ramas localizaba alguna cámara
oculta. No vio nada extraño y se le erizó la piel. La situación comenzaba a
producirle pavor.
– No te
preocupes, no estás loco. Por increíble que parezca, me estoy comunicando
contigo y solamente tú puedes escucharme. Tócame, que te prometo que soy
completamente inofensiva.
Saúl
obedeció. Aparentemente la estatua era como otra cualquiera: dura, fría e
impasible, pero la escuchaba hablar como si fuera un humano de carne y
hueso. ¿Cómo era posible? ¿Utilizaba un sistema de telepatía? ¿Alguien la
dirigía desde una torre de control? ¡Estaba tan perplejo que ya no era capaz de
distinguir si las palabras le entraban por las orejas o iban directamente a su
cerebro!
–
¿Quién eres?… ¿Quién te ha fabricado y por qué te pareces a mí?
– La
historia es muy larga de contar, pero para resumir te diré que soy el resultado
de un impresionante experimento científico.
A Saúl
empezaron a temblarle las piernas como flanes y se puso tan nervioso que creyó
que iba a desmayarse.
– ¿Un
experimento? ¿Cómo esos que salen en las pelis de ciencia ficción?
–
¡Exacto, has dado en el clavo!
Su cara
se desencajó y notó que el sudor le caía a chorros por el cuello.
– No
tienes nada que temer; lo entenderás en cuanto te lo explique.
– ¡Pues
no sé a qué estás esperando!
– Un
grupo de expertos lleva años trabajando en un importante centro de investigación
de esta ciudad con un objetivo: lograr que todos los niños que viven aquí sean
felices.
Saúl
suspiró profundamente.
– ¡Ah,
vale, eso no parece peligroso!
– No,
no lo es, pero se requieren muchos años de trabajo para desarrollar un proyecto
tan complejo.
– ¡Ah!
¿Sí?
– ¡Ni
te lo imaginas! Han colaborado decenas de especialistas y se ha invertido
muchísimo dinero en la tecnología más avanzada que existe. Por suerte, todo ha
salido a las mil maravillas y los resultados están siendo inmejorables.
A Saúl
la historia le sonaba a pura fantasía, pero estaba tan intrigado que no podía
dejar de escucharla.
– Lo
primero que han tenido que hacer es instalar un sistema de radares especiales
en todos los barrios de la ciudad.
–
¿Radares?… ¿Para qué?
– Para
detectar las emociones de las personas desde que nacen hasta el día que
comienzan su vida adulta, es decir, durante toda la infancia y adolescencia. Si
algún radar registra que algún niño o joven necesita ayuda, el centro de
investigación pone en marcha el Plan de Rescate Emocional.
– ¿El
plan de rescate qué?
– De
rescate emocional. No te preocupes, se trata de algo muy sencillo: estudian el
problema para saber por qué es infeliz, y el laboratorio diseña un tratamiento
a medida para acabar con su tristeza.
Saúl
estaba completamente alucinado, como si estuviera dentro de una película
futurista o se hubiera adelantado quinientos años en el tiempo.
– ¿Y
qué es lo que hacen exactamente? ¿Te pinchan con jeringas gigantes? ¿Te meten
en cabinas para recibir ondas de choque? ¿Te rodean la cabeza con cables y te
conectan a un generador eléctrico?
– ¡Ja,
ja, ja! ¡Qué va! ¡Menudas ocurrencias tienes! Los métodos para
sanar emociones son muy variados y ninguno duele ni nada parecido. En tu caso,
han decidido fabricar una estatua con tus rasgos utilizando una impresora 3D y
un dispositivo de sonido de última generación. O sea… ¡yo!
Saúl se
sintió ofendido.
– ¿En
mi caso? ¿Qué quieres decir con eso?
– Pues
que he venido para ayudarte. ¡Me han diseñado exclusivamente para ti!
– ¡¿Qué?!
– Lo
que oyes. Estoy aquí para tener una charla contigo porque soy tu medicina
emocional.
El
chaval se indignó, y con cierto desprecio, miró a la estatua de arriba abajo.
– ¡Qué
bobadas dices, yo no necesito ayuda! Además, tú no eres mi otro yo. Vale, te
pareces a mí físicamente, pero vas con ropa vieja, no llevas zapatos…
La
estatua puso en marcha el tratamiento especial, que como ya habrás adivinado,
consistía en hacerle pensar.
– Sí,
tienes razón. Soy una versión un poco diferente de ti. Digamos que represento
lo que podrías haber sido tú si no hubieras nacido en una familia rica y de
buena posición. ¿Alguna vez has pensado cómo sería vivir en un barrio
pobre, en una casa sin agua ni calefacción? ¿Te imaginas tu vida sin chocolate,
sin tu reproductor de audio digital o sin esas zapatillas tan modernas que
calzas?
Saúl
fue sincero.
– No,
la verdad es que no.
– Pues
muchos chicos de tu edad viven con muy poco, yo diría que con casi nada, en
muchísimos lugares del mundo. De hecho, no hace falta salir de nuestra ciudad
para encontrarlos.
El
muchacho se encogió de hombros.
–
Ya, pero yo no tengo la culpa de eso.
La
estatua le dio la razón.
–
¡Desde luego que no! Nadie elige dónde nace y hay personas con más suerte que
otras desde la cuna, pero todos tenemos la capacidad de cambiar ciertas cosas
haciendo un pequeño esfuerzo.
– Ya,
bueno, si tú lo dices…
–
Nuestros radares han detectado que tú, teniéndolo todo, padeces una gran
insatisfacción.
Saúl
sintió mucho agobio, pero el chico de piedra fue contundente.
– Sé
sincero contigo mismo: tienes tanto que te sientes abrumado y no disfrutas de
casi nada. Deberías ser muy feliz y, sin embargo, te pasas el día refunfuñando
y comportándote de manera inapropiada.
Por
alguna razón, el niño tuvo ganas de desahogarse con ese extraño compañero de
conversación.
– Sí,
últimamente todo me aburre y no me apetece hacer nada.
–
¡Bravo, reconocerlo ya es un paso! ¿Por qué crees que te sucede algo así?
– No lo
sé, de verdad que no lo sé.
– Estás
afligido, desganado, y estar mal contigo mismo también te aleja de la
gente. Sé que ya no te queda más que un buen amigo.
Saúl
estaba a punto de echarse a llorar.
– Sí,
se llama Jorge, pero no le veo mucho últimamente. No me extraña, a veces
resulto insoportable.
– ¿Ves
cómo van saliendo las cosas? Tú lo que necesitas es recobrar la ilusión. Cierra
los ojos y, durante unos segundos, piensa en algo que te haría feliz.
El niño
obedeció y se puso a reflexionar.
– Pues
me conformaría con menos cosas materiales a cambio de estar más con Jorge, como
en los viejos tiempos.
La
estatua verificó todos los datos recibidos, activó su chip solucionador
de problemas y, automáticamente, obtuvo una receta personalizada para Saúl:
– Mi
propuesta es la siguiente: ¿Por qué no sugieres a tu amigo que te ayude a
seleccionar todos esos juguetes que ya no usas? Seguro que la mayoría están
casi nuevos y otros niños los podrán aprovechar. Cuando hayáis llenado
unas cuantas bolsas, tus padres te recomendarán a dónde llevarlos. ¡Esa
experiencia hará que te sientas muchísimo mejor contigo mismo y te
enseñará a valorar lo que tienes!
– No es
mala idea…
–
¡Misión cumplida! Hasta siempre, mi querido doble humano.
Y, de
repente, sucedió algo asombroso: la estatua, que hasta ese momento no se había
movido porque lógicamente las estatuas nunca se mueven, le guiñó un ojo y se
esfumó. Despareció de su vista como si jamás hubiera existido.
A Saúl
casi se le corta la respiración. Allí estaba él, parado en medio del parque,
preguntándose si todo había sido un sueño, una alucinación, o simplemente
se estaba volviendo majareta. En cualquier caso, tuvo la sensación de que en su
interior algo había cambiado, como si se hubiera encendido una lucecita al final
de un oscuro túnel.
Se fue
corriendo a casa, llamó por teléfono a su amigo Jorge y le contó lo que tenía
pensado hacer.
– ¿Te
apetece ayudarme, amigo?
–
¡Cuenta conmigo, voy para allá!
Media
hora después, los dos niños se pusieron a abrir armarios y a seleccionar
muñecos, juegos, puzles… Un montón de cosas más que llevaban años
olvidadas en los cajones. Lo metieron todo en bolsas y después fueron al porche
de la entrada. Saúl quería pedir consejo a su padre.
– Papá,
quiero donar muchos de mis juguetes. ¿Podrías acercarnos a algún lugar donde
los necesiten de verdad?
El
hombre, que estaba tumbado en una hamaca leyendo una novela, respondió
entusiasmado:
–
¡Claro que sí! Conozco el sitio perfecto.
Echó un
vistazo a su reloj de muñeca.
– Si
mis cálculos no fallan, ahora mismo está abierto. Creo que nos dará tiempo.
¡Vamos!
Se
dieron prisa en cargar el maletero del coche y acudieron a la sede de una ONG
que se dedicaba a recoger juguetes de segunda mano. Germán, el director,
les recibió con los brazos abiertos.
–
¡Gracias por vuestra visita! Es fantástico que vengáis a conocer nuestras
instalaciones y que tengáis tantas ganas de aportar vuestro granito de arena.
Saúl
estaba contentísimo.
– Mi
amigo Jorge y yo hemos juntado más de treinta juguetes y mogollón de libros,
pero me gustaría saber cuál será su destino.
Germán,
encantado, se lo aclaró:
– Una
parte se repartirá por diferentes hospitales para que los niños enfermos puedan
entretenerse durante el tiempo que estén ingresados. ¡No os imagináis
cuánto les beneficia y ayuda a superar los malos momentos!
Saúl y
Jorge aplaudieron entusiasmados.
– Y la
otra se regalará a familias desfavorecidas que no tienen suficiente dinero para
comprar a sus hijos ni un simple muñeco de trapo. Para muchos pequeños recibir
uno de estos juguetes será uno de los días más emocionantes de su vida, os lo
aseguro.
Saúl
tuvo que hacer un gran esfuerzo para no ponerse a llorar, desbordado por la
emoción.
– ¡Por
favor, por favor, llévaselos cuanto antes!
Germán
se rio.
– ¡No
te preocupes! Mañana mismo una furgoneta de la organización se encargará
de que todos lleguen a su destino en perfectas condiciones.
Saúl y
Jorge se abrazaron. Acababan de hacer algo realmente bonito por los demás y los
dos sintieron que ese acto reforzaba su amistad.
–
Gracias por tu ayuda, Jorge. Ha sido genial pasar el día contigo organizando
todo esto.
– ¡De
nada, amigo! Si te parece, la semana que viene podrías venir tú a mi casa y
ayudarme a revisar mis cosas. ¡Seguro que conseguiremos llenar algunas cajas
más para traerle a Germán!
– ¡Por
supuesto!
Completamente
eufóricos se despidieron del director de la ONG, salieron a la calle y subieron
al automóvil aparcado en la puerta. ¡El tiempo había pasado volando y ya
casi era la hora de cenar! Padre e hijo llevaron a Jorge a casa, y después
reanudaron la marcha por las carreteras medio vacías del centro. El niño,
sentado en el asiento de atrás, estaba radiante de felicidad.
–
¿Sabes una cosa, papá?
– Dime,
hijo.
– Hoy
me he dado cuenta de lo afortunado que soy. No tengo derecho a estar todo el
día quejándome por tonterías.
– Me
alegra que digas eso, Saúl. Nunca es tarde para pararse a valorar las cosas que
de verdad merecen la pena, y lo bonito que es ser solidario con los que menos
tienen.
– Creo
que de mayor quiero ser como Germán. ¡A partir de mañana estudiaré mucho y
algún día haré algo grande por los demás!
– Eso
es fantástico, cariño. Aún eres pequeño, pero a lo largo de los años irás
descubriendo tu vocación; si al final te decides por una profesión que sirva
para mejorar el mundo, tu madre y yo nos sentiremos muy orgullosos.
De
camino al hogar pasaron por delante del Parque de los Almendros. Saúl acercó su
carita al cristal de la ventanilla y, a pesar de que estaba anocheciendo,
distinguió su banco favorito, la gran arboleda y el brillo del lago al fondo.
Sin retirar la mirada, preguntó a su padre:
– Papá,
¿piensas que hoy en día existen radares potentes que controlan las mentes de
los humanos?
–
¡¿Pero qué dices?! ¿Te encuentras bien?
– ¡Lo
digo en serio! ¿Crees posible que los habitantes de esta ciudad seamos
parte de un gigantesco experimento científico?
El
hombre se partió de risa.
– ¡Ja,
ja, ja! ¡Ay, hijo, qué cosas tan raras se te pasan por la cabeza! ¡Creo que
deberías ver más documentales de historia y menos cine fantástico!
A Saúl
se le escapó una sonrisilla y, en ese mismo instante, decidió que guardaría su
pequeño gran secreto el resto de su vida.
FIN

























